Un buen día uno se cansa de una parte del presente, una parte reiterada del presente para que uno llegue a cansarse, y anhela enviar a por lo menos la mitad del mundo por el inodoro. Pero no puede. Mejor dicho, no se puede. La mitad del mundo lo digo en sentido figurado, por supuesto, aunque la situación que provoca la frase es absolutamente concreta. Es que sorprende el criterio de descarada conveniencia de l@s conocid@s, que se proclaman ante el mundo como amistades en la medida que sus opiniones (de usted) coincidan y de ser posible sirvan de refuerzo a las suyas (de aquell@s). Enorme es la sonrisa dedicada, insondable es el mar de satisfacción expresada, inimaginable el afecto e irrompible el vínculo. Como no.
Pero apenas entra en juego el interés propio, el prejuicio o el capricho del sujeto de turno, por más evidentemente justo que sea el juicio emitido (si le molesta la palabra juicio, no la juzgue, mejor ponga nuevamente en su lugar la palabra opinión, que al fin y al cabo se refiere a lo mismo) o por lo menos aceptables en términos de la razón, la aceptación del planteamiento se torna imposible y el aire es invadido por un olor a culpabilidad buscando deseperadamente causas y culpables, contra toda evidencia y dato de la memoria. Enorme es la ofensa a la dignidad del interlocutor(a) de turno, insoportable, inconcebible, imperdonable (¿y quién está pensando en pedir disculpas?). Opinar, responder, se convierte en cuasidelito.
Sin embargo, como de todo es siempre posible obtener alguna enseñanza, hoy anuncio al fin una conclusión, léase bien, definitiva. Así como se lee. Uno puede ser hermano, amigo y compañero de Simón, José, Carlitos, Antonio, Ernesto, Augusto, Victoriano, Camilo, Rosa, Roque, tantos otros y muchas otras que están en uno. Igualmente lo puede ser de pueblos, de la humanidad entera, así en abstracto pero tan real en su sufrimento, en su lucha, que es y por siempre será la de uno. Puede serlo también de millones de seres humanos que están por nacer, inocentes, a quién uno "custodia" el presente en la medida de sus posibilidades (aprovecho la oportunidad para decir: sepamos tod@s que siempre se puede hacer más, y no por hacer algo, cabe sentirse sacrificado y mirar con aires de superioridad, pureza absoluta, non plus ultra de la humanidad por los siglos de los siglos, por encima del bien y el mal, medida de tod@s l@s demás y todas las cosas).
Podrá observarse que la anterior lista, a quien planteo uno responde por sus actos, implica la dificultad de no poder responder directamente, ante lo cual recurro a uno de los principios del Bushi do, código de ética de los samurai, sobre el honor:
Desde luego, hay conocid@s que se ganan a pulso una relación de mayor jerarquía. L@s que ayudan, l@s que se acuerdan, l@s que discuten con uno y no se transforman por no coincidir. Esta conclusión bien puede ser interpretada y aplicada como consejo. Por mi parte, haré y diré lo que tenga que hacer y decir, responderé a quienes tenga que responder, y a mi conciencia, que tranquila está.
Pero apenas entra en juego el interés propio, el prejuicio o el capricho del sujeto de turno, por más evidentemente justo que sea el juicio emitido (si le molesta la palabra juicio, no la juzgue, mejor ponga nuevamente en su lugar la palabra opinión, que al fin y al cabo se refiere a lo mismo) o por lo menos aceptables en términos de la razón, la aceptación del planteamiento se torna imposible y el aire es invadido por un olor a culpabilidad buscando deseperadamente causas y culpables, contra toda evidencia y dato de la memoria. Enorme es la ofensa a la dignidad del interlocutor(a) de turno, insoportable, inconcebible, imperdonable (¿y quién está pensando en pedir disculpas?). Opinar, responder, se convierte en cuasidelito.
Sin embargo, como de todo es siempre posible obtener alguna enseñanza, hoy anuncio al fin una conclusión, léase bien, definitiva. Así como se lee. Uno puede ser hermano, amigo y compañero de Simón, José, Carlitos, Antonio, Ernesto, Augusto, Victoriano, Camilo, Rosa, Roque, tantos otros y muchas otras que están en uno. Igualmente lo puede ser de pueblos, de la humanidad entera, así en abstracto pero tan real en su sufrimento, en su lucha, que es y por siempre será la de uno. Puede serlo también de millones de seres humanos que están por nacer, inocentes, a quién uno "custodia" el presente en la medida de sus posibilidades (aprovecho la oportunidad para decir: sepamos tod@s que siempre se puede hacer más, y no por hacer algo, cabe sentirse sacrificado y mirar con aires de superioridad, pureza absoluta, non plus ultra de la humanidad por los siglos de los siglos, por encima del bien y el mal, medida de tod@s l@s demás y todas las cosas).
Podrá observarse que la anterior lista, a quien planteo uno responde por sus actos, implica la dificultad de no poder responder directamente, ante lo cual recurro a uno de los principios del Bushi do, código de ética de los samurai, sobre el honor:
El auténtico samurai solo tiene un juez de su propio honor, y es él mismo. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quien eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo.Pero hay otra lista de personas a quien uno debe responder directamente por sus actos, una lista corta y cerrada: quien lo haya criado a uno (en mi caso, se puede decir que criado dos veces) y que toma la forma de padre, madre, a veces tíos, tías, abuelas, abuelos, entre otros, que cumplen esa función. Porque le apuesto, que por usted e incluso a a pesar de usted, más nadie aceptaría tan pesada responsabilidad. Y que por usted e incluso a pesar de usted, no cabe el doble rasero entre los integrantes de esa muy corta y cerrada lista de personas, no hay espacio para el oportunismo, para que se manifieste la inmadura actitud y doble discurso de todo-lo-que-dices-es-maravilloso-porque-me-conviene-y-refuerza-lo-que-yo-digo-y-seguiré-diciendo-que-es-maravilloso-mientras-siga-siendo-así. Aprendan a soportar la realidad, que exige paciencia y esfuerzo, la diversidad, las diferencias de criterio. Uno no pide que estén de acuerdo siempre con uno, porque sería caer en lo mismo, es imposible y produciría un mundo aburridisimo. Uno pide honestidad intelectual, que es lo más cercano a la objetividad dentro de la inevitable subjetividad, y sinceridad en el intercambio. Es que ya estoy podrido de berrinches.
Desde luego, hay conocid@s que se ganan a pulso una relación de mayor jerarquía. L@s que ayudan, l@s que se acuerdan, l@s que discuten con uno y no se transforman por no coincidir. Esta conclusión bien puede ser interpretada y aplicada como consejo. Por mi parte, haré y diré lo que tenga que hacer y decir, responderé a quienes tenga que responder, y a mi conciencia, que tranquila está.
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