El debate
sobre despenalización de las drogas ante la inefectividad del prohibicionismo y
la violencia asociada al narcotráfico es profundo. La profundidad del debate,
desde luego, tiene distintos niveles, por ejemplo, el nivel del Ejecutivo
panameño. Y pido disculpas de antemano.
Reunido el
presidente de Panamá con sus homólogos de Centroamérica para tratar el tema, no
se anduvo con rodeos… para merodear la superficie del problema y no decir nada
de fondo sobre el mismo. La cosa va sencilla y se ajusta a su línea de “pensamiento”:
el presidente no considera adecuada una política de despenalización por las altas
“inversiones” ya realizadas en materia de seguridad.
En otras
palabras: sabemos que no funciona para lo que teóricamente debería funcionar,
pero rinde frutos (y vaya frutos), así que el argumento para el público (nada
de esfuerzos mentales) es “porque ya
gastamos millones en una política violenta, represiva y reactiva que no brinda
soluciones al problema, seguiremos equivocándonos” en lugar de dirigir los
recursos a políticas de paz, preventivas y proactivas, que desde luego, no
rinden esos otros frutos que el gasto en armas produce.
Que el
narcotráfico sea la perfecta excusa para sembrar la remilitarización de los
países y cosechar la única forma de control social y político que le queda al
modelo económico en la expansión de su política de despojo, y que no responda a
nuestra realidad, intereses y necesidades como pueblo, sino a la de terceros
países, corporaciones y socios locales, son detalles.
La alternativa existe y así lo
reconoce el presidente cuando expresa, más por falta de
inteligencia que por honestidad, lo contradictorio de una política de despenalización
cuando ya "gastaste casi mil millones
de dólares” que “los pudiste haber
gastado en la construcción de tantos hospitales, carreteras, educadores o de
quien fuera".
¿Otro obstáculo?, pues el presidente
dice “que para asumir tal política,
tendría que hablar con los gremios, con sindicatos, partidos políticos,
sociedad civil y hacer una campaña de abajo hacia arriba, por lo que desestimó
que Panamá esté listo”.
En eso está claro el presidente,
porque ese método de gobernar aquí no se practica ni se ha practicado. Sin embargo,
no es que Panamá no esté listo para lo que necesita, es que los que gobiernan
no están listos, ni tienen ganas, ni les importa dialogar, descentralizar,
distribuir poder, es decir, democratizar.
Se excusa al decir, "yo creo que la idea es muy buena pero en mi
caso yo me atrevo a decir que yo no sé si Panamá está listo para esto, yo de
verdad no lo creo", como si las “buenas ideas” del presidente tuvieran
que contar con algo más que su opinión para ser impuestas a sangre y fuego.
Eso sí, el presidente calificó la
propuesta de “avant garde”, calificativo
que demuestra los "adelantos culturales" de nuestro primer mandatario, lo cual llama
mucho más la atención cuando proviene de un troglodita. Seguramente el
excelentísimo recibirá elogios y quizás homenajes por la introducción del término de parte de sus colegas empresaurios
y otros seres cavernarios de la CONEP, SIP, Cámara de Comercio y APEDE, en la
próxima reunión del club, donde degustarán cordialmente vinos, quesos, rones,
tafil, cocaína, y otras drogas legales o ilegales, esas que dicen combatir pero
que son consumidas impunemente en los hogares, despachos y clubes de nuestra
distinguida high class.
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